La fotografía llegó a Medellín a mediados del siglo XIX. En un principio, los fotógrafos fueron personas de la élite, pues para aprender y practicar este nuevo oficio se requería tener suficientes conocimientos académicos que les permitieran comprender y seguir los complejos procesos fotográficos (usualmente en otro idioma), y tener los recursos para importar los costosos equipos y materiales fotográficos; por todo esto, hacerse un retrato fotográfico era algo costoso, al que solo podían acceder algunos privilegiados. Pocas décadas después, y gracias al ingenio popular, aparece la fotografía del ‘poncherazo’, ‘minutera’ o ‘fotoagüita’, y con él un nuevo tipo de fotógrafo: el ambulante. Este fotógrafo se ideó una sencilla cámara fotográfica que tenía solo lo elemental: la cámara oscura y un lente.

...Del grupo de fotógrafos que trabajó alguna vez en los alrededores de la antigua Plaza de Cisneros sólo permanecen don Jesús Ospina, El Mister y El Grillo. Consumen sus últimos días viendo pasar a la variada fauna de seres que todavía habita en las pensiones y en las calles de lo que queda del barrio Guayaquil: putas, travestis, mendigos, rateros y rebuscadores de toda índole...


...Toman una que otra foto a algún desempleado sin esperanza que necesita presentar otra hoja de vida. “Esto se acabó. Yo no soy un fotógrafo; soy un atorrante que se gasta los días aquí parado, cuidando un cajón”, dice con amargura El Mister...


Jaime Aguilar Maya, Medellín 1989



Rodrigo Correa Palacio nos recuerda la antigua profesión de los fotógrafos de cajón.
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